0

25 de septiembre de 2017

Un invernadero para recibir a la primavera y multiplicar huertas


Hortalizas, aromáticas y flores ornamentales: hay de todo en la huerta comunitaria de Boulogne, que abastece un comedor donde cada día almuerzan 150 niños, se convertirá en un centro de distribución de plantines gracias al ProHuerta, el programa del INTA y el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación.

Un invernadero para recibir a la primavera y multiplicar huertas

Por el 630 de la calle Yerbal, en una entrada lateral de la parroquia San Ignacio de Loyola, algunos vecinos de Boulogne entran y salen como de su casa. Empujan el portón corredizo y se dirigen al fondo del predio, justo detrás de un galpón de chapa, donde se lucen tres filas de canteros. Hortalizas, aromáticas y flores ornamentales: hay de todo en la huerta comunitaria de esta localidad bonaerense, que acaba de adquirir un invernadero para producir plantines y distribuirlos en la zona.

El logro es resultado de la articulación y el compromiso de los vecinos que trabajan, desde octubre de 2016, al ProHuerta en el marco del Programa de Huerta Laboral Inclusiva de la municipalidad de San Isidro. De hecho, fue el programa del INTA y el ministerio de Desarrollo Social de la Nación el que, en el marco de sus proyectos especiales, financió la construcción del invernadero.

“A partir de este proyecto, la huerta está en proceso de convertirse en centro de producción y distribución de plantines de la zona”, dijo Ignacio Floridi, promotor del ProHuerta, quien agregó: “Es un adelanto impresionante, no sólo por el ahorro económico sino porque permite adelantar la cosecha y hacer un seguimiento escalonado de todas las verduras”.

Ubicada en un predio cedido por la parroquia, esta huerta agroecológica es una de las más de 520 mil que el programa lleva adelante en todo el país. En este caso, además, hay dos particularidades: por un lado, participan personas con discapacidades y problemas de adicciones. Por otro, buena parte de lo que se cosecha es donado al comedor parroquial, donde cada día almuerzan 150 niños del barrio.

“La idea es que los chicos puedan hacer huertas en sus casas –explicó Floridi–  y ahora gracias al invernadero van a tener uno de los elementos más importantes para eso: los plantines”. A su vez, el promotor comentó algunas ventajas que ofrece esta infraestructura: “Podemos adelantarnos a la temporada y no estar con el tiempo muy justo para la siembra y el trasplante”. Así, aclaró, “aseguramos el comienzo de la temporada en todas las huertas y ya podemos empezar a hacer los plantines en enero, una posibilidad que antes no teníamos”. En la misma línea, Floridi destacó que podrán ahorrar dinero de la compra de plantines.

El ProHuerta, un programa del INTA y el ministerio de Desarrollo Social de la Nación, en el marco de sus proyectos especiales, financió la construcción del invernadero.

En este mismo espacio, cada jueves desde las once de la mañana, Floridi ofrece gratuitamente clases de huerta, en las que es posible participar de diversas formas. “Este equipo se consolidó con pocos, empezando de cuatro o cinco y se fue ampliando, dándose a conocer como un espacio donde todos podían venir a trabajar y compartir”, expresó el promotor de ProHuerta, quien enfatizó el valor de “estar en contacto con la tierra, algo que muchas veces en lo cotidiano y en la ciudad nos perdemos”.

Claudio Gabriel es ciego y es uno de los vecinos que participan en la huerta comunitaria. Le basta con tocar y frotar las plantas para reconocer de qué verdura se trata. “Llegué a la huerta por la parroquia, porque la promovían en la misa y la verdad que es algo maravilloso”, dijo y enumeró todo lo que aprendió: “Aprendí a trasplantar, a no tirar los desechos, como cáscaras de huevo y de papa, y hasta cómo hacer ladrillos ecológicos”.

Para Gabriel, la motivación es clara: “Decidí acercarme porque me gustaría hacer mi propia huerta algún día y es bueno porque no tenés que andar comprando verduras”.

Oriundo de Parque Patricios, Juan Carlos Gurruchaga llegó a esta zona del gran Buenos Aires cuando aún no había luz eléctrica ni calles de asfalto. “En mi casa tengo una huerta agroecológica, pero no es común”, afirmó, “porque la tengo en la terraza, en esos bidones azules de plástico de 200 litros, cortados por la mitad”. Gurruchaga se enorgullece de mantener asistencia perfecta: “Vengo todos los jueves, el profesor que tenemos es una maravilla y, si bien yo sabía algunas cosas, aprendí muchos secretos”.

De acuerdo con el vecino, “esto ayuda muchísimo a la comunidad, es un cable a tierra que hace que la gente se tranquilice y aproveche estos beneficios”. Y, por otro lado, señaló: “Tienen una dieta más sana, la gente come más verdura cada día, al ser plantas de la huerta orgánica, a la gente le atrae un poco ese nombrecito”.

Floridi: “La huerta está en proceso de convertirse en centro de producción y distribución de plantines de la zona”.

Gurruchaga destacó que en esta huerta no se vende nada: “De lo cosechado, damos un poquito a la iglesia, al comedor y otro poco nos llevamos nosotros. A algún vecino que trae cosas para el compost, se le obsequian también verduras”.

Para Floridi, los requisitos para pertenecer a este club son muy simples: “Si alguien quiere participar en las clases de huerta, nada más se tiene que acercarse los jueves a las 11. Todo el grupo va a estar esperándote, recibiéndote con los brazos abiertos, porque siempre hacen faltan manos, siempre es bueno compartir y conocer”.

En el mismo sentido, el promotor del ProHuerta consideró que este espacio permite intercambios profundos entre todos sus participantes: “Es un ida y vuelta: le doy algo a la tierra y la tierra me da a mí. Y con el vínculo que se generó entre el grupo pasa algo exactamente igual. Nadie entra y se va de la misma manera, garantizado”.

Imagen de previsualización de YouTube