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18 de noviembre de 2015

El desafío de producir y preservar el ambiente en el sur


El cambio climático y el manejo ganadero podrían, a largo plazo, transformar los pastizales patagónicos. Monitoreo ambiental, recuperación de tierras y protección de la vegetación son los ejes del trabajo del INTA.

El desafío de producir y preservar el ambiente en el sur

Caracterizados por precipitaciones escasas e imprevisibles, los pastizales naturales se destacan en la aridez de la escena patagónica y sirven de sustento a miles de familias que se dedican a la cría de ovejas, vacas y cabras. Si bien las condiciones ambientales no permiten la agricultura tradicional, los pastizales son un refugio de plantas nativas y una fuente de forraje para los sistemas productivos.

Desde hace más de 30 años, el INTA impulsa estrategias de manejo dirigidas a los pastizales y a la ganadería que preservan la estepa y los mallines, aportan sustentabilidad y hacen factible la vida rural en la zona austral. Además, promueve la recuperación de tierras afectadas por procesos de erosión y desertificación, a partir de la siembra de especies vegetales nativas.

La Patagonia Sur –representada por las provincias de Chubut, Santa Cruz y Tierra del fuego– tiene un paisaje en el que predominan las estepas de coirones y arbustos, salpicado con algunas áreas de humedales con fisonomía de pradera. Allí, se asientan alrededor de 5.000 establecimientos agropecuarios cuya principal actividad económica es la ganadería ovina extensiva.

Según datos del INTA y de los censos ganaderos provinciales, en Chubut el 79,2 % de las explotaciones tienen menos de 1.000 ovejas; el 15 %, entre 1.000 y 3.000 y sólo el 5,8 % más de 3.000. Por su parte, en Santa Cruz el 42,6 % son medianos productores con entre 1.000 y 5.000 animales; el 29 % posee más de 5.000 cabezas y el 28,3 %, menos de 1.000.

En Tierra del Fuego, el 50 % de los establecimientos registran más de 5.000 ovinos y constituyen el 91 % de las existencias totales de la provincia. “La gran diversidad de productores determina la acción de los extensionistas, quienes deben transferir el manejo adaptativo en función de las posibilidades de cada escala”, observó Virginia Massara Palletto, del INTA Chubut.

En la estepa sureña, se asientan alrededor de 5.000 establecimientos agropecuarios cuya principal actividad económica es la ganadería ovina extensiva.

Adaptar el manejo

En las últimas tres décadas, el INTA evaluó más de 5 millones de hectáreas a través de técnicas que buscan regular la carga ganadera y mejorar la condición del pastizal y de la hacienda. “Los métodos desarrollados reemplazan la tradicional asignación fija de animales en cada potrero por una asignación variable año a año, de acuerdo con la disponibilidad de forraje”, explicó Guillermo García, del área de Pastizales Naturales del INTA Esquel –Chubut–.

El especialista destacó la importancia de llevar a cabo una estrategia de manejo adaptativo que incluya recorridas y monitoreos del campo y el análisis de información satelital y sobre la productividad animal. Actualmente, estas prácticas constituyen los requisitos para acceder a diferentes herramientas de promoción como los créditos de la Ley Ovina Nacional.

“Esto permite planificar en forma periódica el uso de los recursos forrajeros y hacerlo de mejor manera”, remarcó García. Además, aseguró que “no existe una respuesta correcta para todos los lugares o para todos los años: el manejo adaptativo es un modelo que requiere un proceso de planificación continua, lo que garantiza ajustar el conocimiento sobre el sistema y, al mismo tiempo, evaluar tanto el éxito de la práctica como su validación”.

El INTA creó la red Monitoreo Ambiental para Regiones Áridas y Semiáridas –MARAS– para conocer el estado actual de las tierras y establecer bases para el monitoreo a futuro.

Diagnosticar para actuar

A largo plazo, tanto el cambio climático como los diferentes tipos de manejo ganadero podrían transformar los pastizales patagónicos a escala regional y, así, modificar la diversidad vegetal y acentuar la pérdida de materia orgánica del suelo. El INTA creó la red Monitoreo Ambiental para Regiones Áridas y Semiáridas –MARAS– que utiliza un protocolo de observación validado, que permite conocer el estado actual de las tierras y establece bases para el monitoreo a futuro.

“Esto facilita el registro de invasiones biológicas, extinciones locales y cambios en la química, física y almacenamiento de carbono en los suelos”, dijo Jorge Salomone, director del INTA Chubut y uno de los precursores de los trabajos de monitoreo en la zona. Además, destacó el aporte de este tipo de investigaciones para “certificar el uso sustentable de la tierra en las principales actividades económicas de la región como la ganadería, la minería y el sector petrolero”.

El especialista explicó que “las intervenciones realizadas ayudan a entender el efecto de eventos de sequía y catástrofes naturales, así como orientar políticas de mitigación e implementar estrategias de rehabilitación de los sistemas degradados”. En esa línea, continuó: “A futuro, el conocimiento generado también permitirá cumplir con los requerimientos de monitoreo de las Convenciones Internacionales de Desertificación y Biodiversidad”.

El INTA impulsa la plantación de especies nativas que promueven la cobertura vegetal en zonas erosionadas y la fijación de médanos.

Recuperar tierras erosionadas

Con el objetivo de mejorar la sustentabilidad de los territorios, desde hace 25 años el INTA trabaja en la recuperación de áreas afectadas por la actividad antrópica –minera, vial y petrolera– y el inadecuado manejo del pastizal. Para lograrlo, impulsa la plantación de especies nativas que promueven la cobertura vegetal en zonas erosionadas y la fijación de médanos.

“La cobertura vegetal reduce la velocidad e impacto de las gotas de lluvia; disminuye la consecuente remoción de partículas, nutrientes, semillas y material vegetal; atenúa la erosión del viento y aumenta la infiltración, lo que implica mayor disponibilidad de agua para las plantas”, señaló Adriana Beider, responsable del vivero de especies nativas del INTA Chubut.

En la actualidad, 75 hectáreas se encuentran bajo tratamiento donde se colocaron 75.000 plantas –a razón de 1.000 ejemplares por hectárea–. Por su capacidad de adaptación, las principales especies utilizadas son botón de oro –Grindelia chiloensis–, mata mora –Senecio filaginoides–, zampa común –Atriplex lampa– y zampa crespa –A. sagittifolia–.

Por su parte, las tareas de fijación de médanos se realizan en una superficie de 6.000 hectáreas. Según la técnica, se emplea la especie Elymus racemosus subespecie sabulosus “cuya principal característica como restauradora es que, una vez colonizado el médano, declina su vigor y la vegetación natural vuelve a poblar el área afectada”.

Proteger la vegetación

El INTA Chubut tiene una colección de germoplasma de 35 especies, de las cuales 15 ya disponen de protocolos para su multiplicación. Este banco integra la Red de Bancos y Colecciones de Germoplasma del INTA.

En línea con Beider, “la colección activa de semillas asegura la continuidad de producción en años que, por diversas causas, presenten dificultades para la colecta como escasos rendimientos, plagas y enfermedades u otras complicaciones operativas”. A mediano plazo, las semillas también son conservadas como objeto de investigación, multiplicación e intercambio con otras instituciones.

Los mallines o áreas de humedales cubren alrededor del 5 % de la superficie de la región, generan hasta 20 veces más forraje que las estepas circundantes y regulan la hidrología.

Oasis patagónicos

Insertos en el paisaje árido y semiárido, los mallines o áreas de humedales cubren alrededor del 5 % de la superficie de la región, generan hasta 20 veces más forraje que las estepas circundantes y regulan la hidrología. Debido a su potencial, el INTA promueve la adopción de la intersiembra. “Se trata de una técnica de manejo que ayuda a preservar la biodiversidad de estas zonas y permite hasta cuadruplicar la producción de forraje”, precisó Carlos Lloyd, del INTA Esquel –Chubut–.

De acuerdo con Georgina Ciari, de la misma unidad del INTA, esta estrategia consiste en la siembra directa de semillas de plantas forrajeras que se adaptan a las condiciones de suelo de cada mallín. “Al no remover la cubierta vegetal, es posible conservar esa cobertura natural entre los surcos y, a su vez, proteger el suelo de la erosión”, aseguró.

 

 Descarga el especial INTA Informa – Pastizales del sur patagónico – Noviembre 2015