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29 de octubre de 2013

Ovinos: secretos de manejo en mallines y pastizales naturales


Con las prácticas adecuadas, la ganadería ovina en la estepa patagónica podría ganar mucha competitividad. El INTA comparó dos situaciones productivas contrastantes. Recomendaciones para obtener los mejores resultados.

Ovinos: secretos de manejo en mallines y pastizales naturales

En la zona costera de Chubut, una majada de 800 ovejas registró más de 138 mil pesos en ingresos por venta lana y corderos, al mismo tiempo que logró estabilizar la producción sin degradar el pastizal natural, principal alimento de la hacienda. Sin embargo, con 200 animales más, ese mismo campo arrojó resultados productivos y económicos muy diferentes: ventas por 134 mil pesos, una pérdida de 30 ovinos y una majada envejecida, sin contar el impacto ambiental negativo. Para los especialistas, el factor decisivo es el correcto ajuste de la carga animal y un manejo atento de los pastizales.

“Estamos tratando de estimar la producción, la rentabilidad económica y la estabilidad que tendría un sistema con una carga ajustada y compararlo con sistemas mal manejados. Los resultados nos están dando, en general, que el beneficio de producir con menos animales es el mismo, con menos complicaciones y, además, es sostenible en el tiempo”, dijo Gustavo Buono, técnico del grupo Pastizales Naturales del INTA Chubut.

Aunque, tras años de sequía comenzaron a incorporarse forrajes, granos y balanceado en los campos de la estepa patagónica, el pastizal natural sigue siendo el alimento principal para la ganadería ovina extensiva, con ovejas de la raza Merino utilizadas para lana fina.

“En la zona de la estepa la producción es bastante tradicional, los productores se esfuerzan por el mejoramiento genético de las majadas pero está faltando prestar más atención al manejo de pastizales”, observó Buono.

“La metodología histórica era poner una cantidad de animales en el campo que generalmente era más elevada de lo conveniente y en determinados lugares eso produjo grandes daños en materia de desertificación”, dijo Buono, quien explicó que luego de años de ensayos en los que evaluaron “miles de hectáreas en toda la región” para determinar cómo ajustar la cantidad de animales y aprovechar mejor los campos, los resultados obtenidos fueron muy diversos. “Uno de los defectos más grandes observados era la mala estimación de la superficie de cada uno de los cuadros y del total del establecimiento”, sostuvo el técnico.

“La receptibilidad en los campos de la Patagonia es muy variable, porque hay un gradiente de lluvias desde la cordillera hacia el mar que determina la productividad de los pastizales”, aseguró Buono. En ese sentido, la diferencia de ambientes marca también divergencias de producción y calidad: “En la precordillera hay unos 480 o 500 milímetros de lluvia que hacen a los pastizales mucho más productivos que los de la meseta central, donde las precipitaciones son de 150”.

De acuerdo con el especialista del INTA, los pastizales más productivos soportan un ovino por hectárea, mientras que en los más pobres la carga es de uno cada cinco. “Pero la historia de uso del campo también afecta esa productividad”, consideró Buono, dado que, por ejemplo, “si se utilizó siempre una carga ajustada entonces se va a poder sostener ese animal por hectárea, pero si durante mucho tiempo hubo sobrepastoreo, entonces seguramente podrá soportar la mitad”.

Cómo impacta la sobrecarga

En un primer momento, el exceso de carga disminuye la cobertura de la vegetación, lo cual conduce a la muerte de las plantas más palatables para el ganado y a un recambio en el pastizal: en consecuencia, indicó el técnico, se reduce la carga que puede sostener ese campo. “Tener más animales de los que corresponde hace que sufran el stress de no tener alimento y no sólo producen menos carne o lana, sino que además las ovejas tienen menos corderos y comienza a armarse un ciclo de envejecimiento de la majada”, precisó Buono.

Ante la pérdida de stock, los productores suelen guardar animales, pero conservan material genético que en otras circunstancias descartarían. “Cuando la señalada no alcanza para reemplazar a los animales que se van muriendo, retienen a los más viejos, lo que después de algunos años genera un problema muy grande”, añadió.

El INTA desarrolló métodos para estimar la carga, adaptable según la zona. En el caso de Chubut, se implementó el método de “valor pastoral”, que considera el aporte forrajero de la vegetación, la superficie de todos los recursos del establecimiento y estima un valor de carga que permitiría la buena producción de los animales.

En la zona de la estepa la producción es bastante tradicional, los productores se esfuerzan por el mejoramiento genético de las majadas pero está faltando prestar más atención al manejo de pastizales.

El privilegio de los oasis ganaderos

Característicos de la Patagonia, los mallines son ambientes especiales, con mucha disponibilidad de agua en superficies más acotadas. En promedio, ocupan el cinco por ciento de la región y su producción llega a ser hasta 20 veces más que en la estepa circundante.
“Podríamos decir que el 5 por ciento de la superficie de la Patagonia produce la misma cantidad de forraje que el 95% restante”, precisó Buono, para quien “la persona que cuenta en su campo con un mallín es realmente un privilegiado en la zona y estamos tratando de inculcar que protejan esos lugares”.

Como primera medida, recomienda separar el mallín de la estepa y delimitar potreros que permitan rotar los animales sin permitirles que coman todo el pasto disponible en cada ambiente.

En esos ambientes, continuó, algunas tareas son relativamente más sencillas: “No es lo mismo juntar la hacienda en un cuadro de 2.500 hectáreas que en un potrerito de 100 en un mallín”. A su vez, “el control de las pariciones es una ventaja, permite ofertar un pastizal de excelente calidad a la madre, tener los animales más concentrados y poder atenderlos más fácilmente que estando en la estepa”, agregó el técnico.

Buono señaló que un factor a tener en cuenta en los mallines son los rebrotes. “Como el agua proviene del ascenso de la napa a fines de invierno por la acumulación de lluvias y el deshielo en cordillera, hay una explosión de pasto a fin de primavera que debe aprovecharse antes de que comience a mermar la producción a mediados de verano. Entonces, el uso a fines de la estación no puede ser tan intenso como al principio”, detalló.